El Nuevo Día criticó, en su editorial del 21 de febrero, la cancelación de contratos en la Administración de Familias y Niños (ADFAN), para la provisión de servicios a 1,500 menores maltratados y sus familias, y en el Departamento de Educación, para un proyecto piloto en más 500 escuelas en Puerto Rico conocido como Programa de Convivencia Pacífica. El periódico cuestiona estas cancelaciones y el análisis realizado por las agencias para determinar que los recortes presupuestarios solicitados por el Gobernador Luis Fortuño debían conllevar la interrupción de estos servicios.
Sin entrar en los méritos de estos programas ni en la justificación para los recortes, estas incidencias demuestran la dificultad inherente en reducir los gastos del Ejecutivo. Seguramente, ambos contratos estaban clasificados como servicios profesionales, una categoría de gastos a menudo criticada porque se presume contiene únicamente contratos para publicistas y abogados. Sin embargo, los recortes en ADFAN y Educación apuntan a la realidad que el presupuesto gubernamental está sobre-comprometido no de frivolidades sino de servicios que, o son requisitos legales de las agencias, o son servicios que la población, los medios, los políticos y la sociedad civil esperan sean prestados por su gobierno.
No es decir que en el Gobierno no quede algo de grasa que recortar. Pero no queda tanta grasa como para enderezar las finanzas del País sin un proceso que conllevará el repensar la gestión gubernamental para identificar aquellas cosas que entendemos el gobierno debe hacer y aquéllas que no. Aunque elimináramos todos los gastos supuestamente superfluos - hasta las dietas y los carros y los celulares - no habríamos hecho ni una décima parte del esfuerzo requerido para lograr un presupuesto balanceado.
Ese repensar no será sencillo. Conllevará sacrificios de todos los sectores y un entendimiento de los medios de comunicación de que el gobierno es grande porque queremos que lo sea. Las administraciones de Acevedo Vilá y de Fortuño se encontraron con una difícil situación fiscal. Pero la misma no fue el resultado de las decisiones de un solo gobernador o gobernadora, sino de un País y de sus líderes políticos.
La presente crisis, que el País enfrenta desde inicios de este siglo, es en parte el resultado de loables programas gubernamentales, en algunos casos mal ejecutados pero no por eso menos encomiables. El Tren Urbano, que ha comenzado a descongestionar algunas carreteras en el área metro, desangra las finanzas de la Autoridad de Carreteras por sus magníficos costos de operación. La tarjeta de salud, que le presta a más de un millón de puertorriqueños servicios médicos gratuitos aumenta en costo anualmente a un ritmo astronómico que alcanza en ocasiones un 10%. La Administración de Instituciones Juveniles, en gran medida por requerimiento del Tribunal Federal, desembolsa cerca de $100,000 por recluso por año. Y los convenios colectivos, que desde el 1998, con la firma de la Ley 45, son la manera establecida de determinar las condiciones laborales de los empleados en el sector público, implica la concesión de aumentos salariales casi anualmente, no por capricho del gobernante, sino por virtud de una decisión de política pública, entronizada en nuestras leyes, para mantener la paz laboral.
Todos estos programas y requerimientos se suman a las expectativas irreales de la población y de los medios en cuanto al radio de acción gubernamental. Todos los medios de comunicación, electrónicos e impresos, proveen espacios para los reclamos de la población, sean éstos de índole estrictamente públicos o estrictamente privados. Pero nadie en el País aparenta poder deslindar unos de los otros, con el resultado fatal de que el Gobierno acaba respondiendo por las malas decisiones en el ámbito privado de cada ciudadano o empresario.
En fin, ninguna administración podrá recortar los gastos sin lograr un consenso social. Consenso con la sociedad civil, con la Legislatura - que en este cuatrienio debiera ser posible - con la población y con sectores dentro de ésta. Tendremos que ceder aunque entendamos que nuestras son las necesidades más apremiantes. Y tendremos que llegar al entendimiento de que nuestro gobierno no es omnipotente. Para ser exitosos se requerirá un compromiso de todos: de los políticos y los medios de no criticar cualquier recorte como insensible, de los legisladores de no continuar satisfaciendo los reclamos más banales de intereses particulares con el resultado final de aumentar el gasto público para un fin privado y de todos los que componemos esta entidad política que es Puerto Rico de hacernos responsables no sólo por nuestras acciones como individuos sino también de las acciones del colectivo.